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Has escuchado a Cristo?



¿Has escuchado a Cristo?


Mi madre tenía una actitud de escucha activa, prestaba atención para oír. Siempre nos decía que la mejor manera de aprender de alguien y conocerlo es escuchándolo. Para ella, escuchar atentamente era un estilo de vida e implicaba tener en cuenta al otro, poner atención para oír, querer comprender lo que decía con palabras y pensamientos. Ella nos decía: “tienen que centrarse en la otra persona.”


Pero ¿entre tantas voces, a cuál debemos escuchar?


Jesús nos dice: “Yo no hago ni digo nada por iniciativa propia, sino que solo hablo lo que escucho del Padre (Juan 8:26-28, Parafraseo). Con razón, pudo decir audazmente: “… Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo…” (Mateo 11:27).


Jesús vivió su vida escuchando atentamente lo que el Padre tenía que decir. Todo lo que vemos en la vida de Jesús en esta tierra fue el resultado de su escucha atenta, continua dependencia y respuesta a la iniciativa de Su padre. La fuente de autoridad en la vida de Jesús no fue la razón, la experiencia ni la tradición, sino la revelación divina.


En nuestro artículo anterior, vimos que la prioridad de la vida cristiana es ser discipulado por Cristo. Pero esto es más fácil decirlo que hacerlo. Y surgen preguntas válidas e importantes:


“¿Cómo es esto en la práctica? ¿Cómo ser discipulado por alguien que no puedo ver?”


Los Evangelios sinópticos —es decir, Mateo, Marcos y Lucas— relatan un suceso asombroso que puede ayudarnos a responder en parte estas preguntas. Jesús tomó consigo a propósito a Pedro, Juan y Santiago al monte Tabor para que experimentaran una de las escenas más solemnes, sorprendentes e inolvidables de la Biblia—la transfiguración. Mientras oraba Jesús, su rostro se transformó, y su ropa se tornó blanca y radiante. En la escena vemos a Moisés y Elías con un aspecto glorioso y hablaban con Jesús. Pedro, no sabiendo lo que decía y estando muy asustado, ofreció armar tres enramadas para ellos (Lucas 9:28-36).


Simbólicamente, la aparición de Moisés y Elías representaba la Ley y los Profetas. Pero la voz de Dios desde el cielo señala al Hijo: ¡Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo! Es decir, que la Ley y los Profetas deben cederle el paso a Jesús, la palabra encarnada. En esencia, Dios está diciendo que Él nos creó para vivir de acuerdo con lo que escuchamos del Hijo: escucharlo y responderle. Porque esta es una de las mejores maneras de conocerlo, responderle y deleitarnos en Él!


El médico del siglo primero llamado Lucas, autor del evangelio de Lucas, ilustra esta poderosa verdad con una escena hermosa. Jesús visitó a Marta y comenzó a hablarle, pero ella estaba ocupada sirviendo, ansiosa, tensa y preocupada. Mientras que María, su hermana, se sentó a los pies de Jesús para escuchar lo que Él decía, Marta estaba distraída por otras cosas. Marta estaba frustrada con su hermana y comenzó a quejarse porque entendió que ella debería ayudarla y hacer algo útil.

¡Pero Jesús le dijo a Marta que María estaba haciendo lo único necesario y había escogido la mejor cosa! ¡Detente y piensa en esto! Si Jesús dijo que realmente solo hay una cosa necesaria, más vale detenernos para pensar para que Sus palabras no reboten, sino que nos aseguremos de que en verdad estamos entendiendo lo que Él está diciendo.


Todo lo que se nos dice sobre María en este incidente es que estaba sentada a los pies de Jesús, centrada en Él. No caminaba por la habitación, preocupada mientras escuchaba. Ella estaba sentada, escuchándolo con una disposición sincera de aprender. Para María, era un asunto resuelto que nada era más importante que darle a Jesús toda su atención y escuchar lo que Él tenía que decirle. Suena similar a cómo vivió Jesús ante el Padre, ¿no es así?


Unos seis días antes de la Pascua cuando Jesús iba a ser crucificado, volvió a Betania. Echemos otro vistazo a María y veamos el fruto en su vida, en parte como resultado de haber desarrollado el hábito de sentarse a los pies del Señor para escucharlo atentamente. “María tomó entonces como medio litro de nardo puro, que era un perfume muy caro, y lo derramó sobre los pies de Jesús, secándoselos luego con sus cabellos. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume" (Juan 12: 3).


Esta extravagante muestra de su afecto, el valor del perfume equivalente al salario de once meses fue el desborde de lo que María había recibido previamente de Jesús. Había hecho más que escuchar con sus oídos; tenía un corazón atento, receptivo y sensible. Como resultado, María había crecido en gracia y el conocimiento de Cristo. No pudo evitar caerse de rodillas y ofrecerle una adoración desbordante.


Estar atento a Sus enseñanzas. Permanecer en Su Palabra…centrarse en Él y sus mandatos es una de las formas de ser discipulado por el Rey Jesús. Tener un corazón como el corazón de María—atento, receptivo, centrado en Jesús y sensible—es indispensable para nuestro crecimiento espiritual; sin duda alguna, nos hace crecer en sabiduría, en fe, en gracia, en el conocimiento de Cristo, y el entendimiento de Su profundo amor.


Al igual que Jesús, todos tenemos una fuente de autoridad en nuestras vidas. En última instancia, es lo que determinará cómo pensamos y vivimos. Para algunos, es la razón: su lógica e intelecto lideran sus decisiones. Para otros, es la experiencia, sus sentimientos gobiernan. Otros más se basan en la tradición: se rigen por sus normas culturales. Finalmente, algunas personas siguen el ejemplo del Maestro, buscan la revelación en busca de autoridad; sus vidas están guiadas por lo que Dios ha dicho. Para aquellos cuya autoridad es la revelación, entienden que Dios se ha revelado a través de la Palabra escrita y la Palabra viva (encarnada). La Palabra escrita la llamamos Biblia. La Palabra encarnada es Jesús, el Ungido de Dios. Estamos llamados a estudiar, escudriñar, amar, y meditar en la Palabra escrita porque nos apunta a la Palabra encarnada. Pero, la Palabra viva la debemos amar, conocer, contemplar y adorar. Jesús tiene las credenciales para exigir un señorío absoluto en nuestra vida.


Escuchar a Jesús permaneciendo en Su palabra y siendo guiado por Su Espíritu es la herramienta más poderosa para explorar el corazón de Dios y crecer en tu relación con Cristo.


Por lo tanto, vayamos a Él con humildad y rendición, permitiéndole iluminar nuestros ojos y ablandar nuestros corazones por Su Espíritu. Nuestras almas necesitan desesperadamente recibir sus palabras sanadoras, edificantes y vivificantes. Cuanto más lo escuchemos y le respondamos, más lo escucharemos. Cuanto más lo escuchemos, más lo reconoceremos cuando nos hable, como en cualquier relación. Cuanto más lo escuchemos, más aprenderemos de Él. Cuanto más lo escuchemos, más seremos transformados a Su imagen.


Cuanto más lo escuchemos, más desearemos derramar nuestro mejor perfume a Sus pies.


Autor: Stanley J. Philippe

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